Chocó 2017 – Jornada de Salud

Publicado por root en

Pasé unas 10 horas viajando en un bus con la idea firme de llegar a encontrarme de frente con el sentimiento de felicidad y euforia que te transmiten esos que en la sangre parecen llevar sabor a tambores y cumbia, una raza que lleva adherida a su piel la memoria y el honor de lo que somos…

Uno de nosotros voluntarios con niños de Chocó

Llegué en un bus a San José del palmar, Chocó, el Viernes 25 de Agosto a las 4:30pm, acompañada de unas 15 personas más que hacían parte de la fundación solidaridad sin límites y que en su mayoría pertenecían al área de la salud. Yo no hacía parte de esa mayoría, hasta ese momento no entendía muy bien de que se trataba una brigada de salud y tampoco tenía un título en mi casa que certificara que soy fotógrafa profesional; pero imaginé que el destino tenia algún par de razones para ponerme al frente esta fundación y que iba a tener suficiente tiempo durante el viaje para entender que hacía ahí, además de estar haciendo un registro fotográfico de la brigada de salud, que técnicamente era mi función.

Es justo decir que una vez me bajé del bus no me encontré de frente con la felicidad ni la euforia, al menos no como la imaginaba en mi cabeza. No había dibujado en mi mente militares a mi alrededor, no tenía en mi maleta mucha ropa para enfrentarme a la neblina que tapaba las montañas de semejante paraíso, no entendía porque siempre había un soldado esperando que yo volviera a acercarme al grupo, no conocía el poder de distracción que tenía para mi una cometa movida de un lado a otro por un par de niños, no sabía que una sola de sus sonrisas a través de mi lente también podía hacerme ver felicidad y euforia…no tenía que haber música, no era necesario un baile, solo una cometa, un par de niños y ese lugar… aunque los tambores y la cumbia también llegaron después, más por protocolo que por realidad misma, pero estaban ahí.

Durante el recorrido por el pueblo entendí que la vida estaba dándome la oportunidad de recuperar mi capacidad de asombro, que no era necesario entender cada cosa ni esperar siempre a que sucediera todo como  lo planeamos; quise caminar alejada del grupo, en silencio y tomarme el tiempo de leer el rostro de cada una de las personas que me encontraba al paso, supe que nuestra presencia era extraña para ellos pero también me sentí bienvenida cada vez que presioné el obturador para quedarme con la sonrisa de alguien en mi cámara.

Esa tarde disparé algunas fotos, tomé algunos videos que necesitaba la fundación, también registré el baile de Mamá Lu, el personaje que me traía desde Medellín con el alma inquieta… no sabía para qué pero lo hice. Tampoco entendía muy bien en qué lugar del mundo estaba parada ni qué tipo de fotografías esperaba ver la fundación de mí, y si soy sincera, tendría que decir que ese primer día, más exactamente esa noche, me sentí muy perdida entre médicos, ejército, una sala de parto con instrumentos oxidados, una negra que pujaba y no lloraba, y otra que se reía de mi cara de estúpida cuando vi salir de una entrepierna la cabeza de Jhon F, el bebé que me hizo romper a llorar y entrar un estado que no sé aun cómo se llama porque todavía lo recuerdo y lloro. 

Sí, eso también hizo parte de mi primera noche, fue mi primera vez en una sala de parto y mi primer encuentro con la felicidad, no la que esperaba, pero es la que vi en la cara de un negro de 52 cm que sin duda cargará en su piel la memoria, el sabor y sobre todo el honor de lo que somos. Todavía no sé explicar porqué lloro, ni que hacer con la grabación de voz que hice durante el parto y que no soy capaz de escuchar. Todavía incluso, soy incapaz de ver las fotos y no sentir algo de nostalgia por los que están en ese rincón del mundo al que le queda pequeña la palabra “paraíso” y que pocos conocen.

Me costó dormir esa noche, tanto como me cuesta ahora mismo escribir y no llorar un poco por ellos, y no es que sienta tristeza justamente, es que se te abren los ojos que llevas en el alma y la vida empieza a sentirse diferente, vas caminando liviano, sin tanta prisa y todo sucede por ellos, que tienen problemas como los tenemos todos y una capacidad increíble para recibir lo que venga como la tenemos pocos.

La noche del sábado junto con los demás días, no fue muy diferente, despertarse y enfrentarse contigo mismo nunca es fácil, pero ver que ellos pueden hacerlo y que además tienen siempre una sonrisa en su rostro, te hace querer vivir de esa manera. Y mi trabajo justamente consistía en registrar esas emociones, eso que ves a través de otros y te hace cambiar a ti, y por que no, al mundo entero. Sí, a todos, porque entendí también que con fotos y videos tenía en mis manos algo de poder para que otros quisieran no sólo hacer parte de una experiencia como esta, si no darse la oportunidad de ayudar a otros y saber lo que siente compartir lo que tienes con lo demás y que sea una sonrisa lo que al final del día te haga querer mejorar la vida de alguien más.

Esa sin duda alguna es la razón por la que me siento a escribir hoy y por la que me levanté cada día a tratar de cumplir con lo que necesitaban de mi; grabar “todo”, tomar testimonios, hablar con la gente, identificar necesidades, conocer las vías, conocer la base del ejército y claro está, registrar el trabajo del equipo médico que hizo posible la brigada de salud.

Me traje en mi cámara 32 gb de fotografías y videos, y entendí porque Drexler escribió que “la vida cabe en un clic”. No puedo describir la experiencia de algo que no soy, pero  sin duda alguna puedo describir lo que siento justo ahora por cada una de las personas que hicieron parte de ese viaje, hablo de ellos y de nosotros; del medico y Mamá Lú, de la fonoaudióloga y los 3 odontólogos, de las señoras que nos dieron a probar el buñuelo de chontaduro y se preocupaban todo el tiempo por darnos algo de comer a todos, de Carlos que me llevó en su moto hasta una frontera invisible a mostrarme el campo minado y a un río que seguro se parece al paraíso, de Giraldo que me mostró el camino de arrastre bajo por el que debíamos correr hacia el bunker si llegaba a haber un enfrentamiento mientras tomaba las fotografías en la base militar, de Restrepo que me pidió quitarme la chaqueta para no volverme un blanco mientras caminaba haciendo registros por el pueblo, de todos los que me pidieron no grabar nada pero narraron su historia en voz baja y me pidieron agradecerle a los médicos por haber llegado hasta San José del Palmar y sobre todo no dejarlos olvidados al interior de La montaña. 

Hablo de Kevin que fue a buscarme porque quería que le tomara muchas fotos pero con la «monita», de Jazmín que gritaba y se reía en el cuarto de Jhon F para que también le tomara fotos a ella, de Alejo que quiere ser doctor y se dejó atender por la odontóloga a cambio de hacerle un video y dejarle tomar algunas fotos a él, de Dominic que tiene 6 años y me hizo gritar de asombro cuando pronunció sus apellidos y supe que eran también los míos, Rojas Acevedo; de cada niño que quedó en esas 32 gb mirando hacia al lente con sonrisas de esas que se escapan  del alma cuando no esperas girar la cabeza y encontrarte con una cámara que ya estaba lista para robarse ese momento…Hablo de todos, de pieles y corazones.

Gratitud y orgullo es lo que describe mi experiencia; agradezco porque cada uno de ellos me ayudó a conocerme y a entender que la vida sin importar qué o cuánto se tiene, te muestra que se puede ser feliz pidiendo que te tomen fotos, elevando una cometa o dando un abrazo a otro. 

Orgullo porque me llenó el alma ver cómo 785 personas se fueron a su casa sonriendo diferente Gracias al trabajo de esa mayoría de personas de la que no hago parte, médicos, odontólogos y demás.

Hoy tengo que decir que cada una de las personas que hacen parte no sólo de ésta sino de todas las fundaciones que han querido llegar a donde no llegan otros, son sin duda alguna seres admirables, su voluntad y su capacidad para servir a otros sin importar su propia situación, reafirman mi creencia en lo que somos, Elisabeth Kubler – Ross aseguraba que las personas más bellas con las que se había encontrado son las mismas que ya habían conocido la derrota, conocido el sufrimiento, conocido la lucha, conocido la pérdida, y encontraron su forma de salir de las profundidades. Estas personas tienen una apreciación, una sensibilidad y una compresión de la vida que los llena de compasión, humildad y una profunda inquietud amorosa… “La gente bella no surge de la nada” 

Y es exactamente así como me siento por cada persona que directa o indirectamente hacen parte de la Fundación Solidaridad sin limites. Es inevitable sentir como cada persona te va cambiando y se te llena el alma paso a paso…hay que tener un corazón de esos que no caben en el pecho para hacer lo que hacen ellos. 

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1 comentario

Maria Adelaida Agudelo · octubre 17, 2019 a las 4:03 pm

Me encantó leer cada párrafo, la manera que describe su viaje, y sobre todo porque me encanta la fotografía y con cada descripción que hace m, uno se imagina como fue esa experiencia. Gracias por ese escrito a aquella joven fotografa.

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